miércoles, 10 de marzo de 2010

Papel de las Anestesias en los Abusos por María Cristina Ravazzola

Los fenómenos de Abuso no son esporádicos y casuales, sino que son fenómenos instalados en las relaciones. Aún los más aberrantes tienden a repetirse y a formar parte de dinámicas en las que es posible identificar diversos componentes: compulsión, uso del otro como si fuera un objeto, secreto, vergüenza, consecuencias perjudiciales para las víctimas, etc.
¿Cómo es que esto sucede? ¿Cómo es que las personas pueden sostener estas dinámicas? ¿Qué se dicen o qué se producen a sí mismas que les habilita a continuar con las mismas conductas?
La preocupación por identificar algunas variables presentes en todos los casos de abusos de distinto tipo que he conocido me llevó a pensar en un cuadro a doble entrada cuyos elementos podían dar cuenta de la producción y reproducción de estas conductas repetitivas. Fui desarrollando primero un cuadro inspirado en los estudios sobre autoritarismo, en especial en los trabajos de José Joaquín Brunner, sociólogo chileno quien sostiene que los sistemas autoritarios se mantienen cuando se mantienen las ideas, las conductas y las estructuras que son consistentes con dichos sistemas.
Así es que estas ideas, conductas y estructuras forman una de las entradas del cuadro, que se cruza con la otra entrada, constituída por los actores o participantes de la escena de violencia, que son por lo menos tres. Uno es la persona que sufre el abuso, la víctima que recibe el maltrato, otra es la persona maltratadora y la tercera es la persona que tiene algún acceso al conocimiento de que esta situación ocurre. Este último elemento incluye vecinos, otros parientes, los hijos, los profesionales consultados, etc.
Los intentos de profundizar las ideas autoritarias que favorecen los abusos, nos llevaron a identificar series de pensamientos esencialistas, jerárquicos y discriminatorios, y a buscar contrastarlos con los estudios acerca de las diversidades y las pluralidades.
En cuanto a las conductas, si bien los maltratos son paradigmáticos, enriquecimos este punto con el análisis de los discursos propios de los actores estudiados en su contenido (afirmacines sexistas, racistas, descalificaciones,etc.) y también en su forma (órdenes, provocaciones, delegaciones, etc.)


Cuadro del Esquema Original del Circuito de Abuso Familiar



Actores Persona Persona Personas Testigos

Abusadora (A1) Abusada (A2) Contexto (A3)


Ideas

· La persona abusadora no puede controlarse.
· La persona abusada es inferior.
· Las mujeres deben ser cuidadosas y complacientes siempre y con toda la familia.
· La familia debe mantenerse unida a cualquier costo.
· Los hombres son quienes deben ejercer el poder y la autoridad en la familia.
· En cuestiones familiares no deben intervenir los de afuera.

Acciones

Las provocaciones y los malos tratos son elementos frecuentes y
“naturales” en las conversaciones.

Estructuras

Están reificadas. Son consideradas por encima de las personas.
Mantienen una organización con jerarquías fijas naturalizadas o escencializadas.


También incluímos ahora en el cuadro el estudio de las emociones propias de estos circuitos. Encontramos algunas muy características, como la vergüenza que experimentan las víctimas (vergüenza ajena, porque debería sentirla el perpetrador); el miedo de las víctimas provocado por las amenazas; el miedo de los victimarios a perder las condiciones que les aseguran las víctimas (placer, autoestima, lugar calificado en el sistema social, etc.), y, básicamente, una emoción muy particular: la no emoción, la negación de la emoción y la percepción, la ANESTESIA.

Características de la ANESTESIA presente en los ABUSOS

La idea fructífera del papel de la Anestesia en los abusos es considerar que los actores involucrados están todos, de distintas maneras, anestesiados en sus emociones y percepciones. Muchas veces nos hemos asombrado porque un niño víctima, o su madre, cuentan un relato de abusos reiterados con la naturalidad con la que contarían un viaje de vacaciones. Si no estamos advertidos de que ese particular estado emocional es propio de las personas victimizadas en estos sistemas sociales, esa “frialdad” o “distancia” nos impacta negativamente hacia ellas, nos quita empatía y hasta nos hace dudar de la veracidad de esos relatos. Ese efecto “anti empático” a veces hasta nos impide tomar contacto con el horror (nuestra emoción como terceros actores) ante los actos aberrantes de los abusos.
Los operadores inexpertos suelen describir “Algo raro tenían esas mujeres. Parecían de piedra. Lo que contaban era enloquecedor...y ellas tan tranquilas”, desconociendo la importancia de este factor anestesiante que menciono.

No vemos que no vemos

Heinz von Foerster describió [1] otra vertiente interesante al referirse a los fenómenos anestésicos. Los ubicó como fenómenos particulares de conciencia, para los cuales tendríamos un “agujero ciego”, como tenemos para la percepción óptica. Tomando la metáfora de la explicación del “agujero ciego” – un ejercicio con el que los físicos biológicos demuestran la falta de conos y bastoncillos en una zona de la retina correspondiente a la salida del nervio óptico – él recorta la curiosidad de que, aunque en ese punto no vemos, igualmente construimos una imagen que nos “rellena” el agujero de nuestra percepción.

Problemas de anestesias en los abusos en las relaciones familiares
Un desarrollo sobre teorías, emociones e interacciones que juegan un papel en la repetición de los ABUSOS.

La violencia familiar es uno de los fenómenos sociales más absurdos e inaceptables, no solamente porque se trata de un evento no esperado ni calculable dentro de las dimensiones de las relaciones humanas en general, ni tampoco por el hecho de provenir de sujetos que supuestamente deberían funcionar como solidarios y protectores hacia quienes violentan, sino, además, fundamentalmente, porque este acto aberrante tiende a repetirse.
¿Cómo se puede explicar esto?, y, ¿cómo algunas explicaciones pueden ayudarnos a ayudar a quienes padecen este problema?
Teniendo en cuenta el importante papel que las ideas [2] , como teorías y explicaciones de las conductas, juegan en los circuitos repetitivos de la violencia, planteo discutir una que nos puede ser útil:
-La repetición de "patterns" indeseados es posible debido a que los protagonistas "no ven que no ven". Es decir que ellos siguen una lógica, desde cada uno vista como coherente, que les impide tomar conciencia del significado y de las consecuencias perjudiciales de sus propias conductas. Lo que es peculiar en este fenómeno de negación es que incluye la negación de la propia anestesia.
Esta idea permite encontrar explicaciones para la repetición, perpetuación y la casi contaminación de los fenómenos de ABUSO.

Los contextos de impunidad, corrupción, discriminación, y naturalización, legalización, y de justificación de la violencia (como la guerra por ejemplo), contribuyen a sostener los actos violentos. ¿De qué manera? Generan distintas formas de anestesiar el MALESTAR que deberíamos experimentar para impedir que la violencia continúe o se repita. Las series de TV en las que aparecen escenas de violencia que son experimentadas como respuesta lógica a provocaciones previas, hacen el efecto de “naturalizar” la violencia y justificarla. Por añadidura, este acostumbramiento a las emociones fuertes que despiertan las imágenes reiteradas de violencia, no favorecen el desarrollo de emociones de empatía para con las víctimas.

Por otra parte, como corolario de la idea del doble ciego, los estudios acerca de la violencia social muestran que ésta tiende a no repetirse en cuanto se hace posible el registro del MALESTAR, entendido como disonancia afectiva [3] que debiera producirse frente a las prácticas violentas. Este malestar, si fuera conciente, podría llevar entonces a cualquiera de las personas involucradas en los circuitos de violencia familiar a re-accionar (a EJERCER alguna acción diferente), y por lo tanto, a hacer posible la interrupción de un circuito violento. Sin embargo, la evidencia de que estos circuitos son muy persistentes, nos hace pensar que esta percepción de malestar no es accesible en forma sencilla y directa para ninguna de tales personas involucradas.

Quienes como operadores de los distintos sistemas sociales prestamos ayuda a familias con problemas de abusos, concientes de la relevancia de nuestras acciones y discursos, debemos aprender a registrar y recuperar sistemáticamente nuestro propio MALESTAR, además del malestar que les toca registrar a las instancias protagónicas [4]. Cada vez que nosotros lo negamos, o lo minimizamos, como parte de la conversación que se genera en una entrevista, por ejemplo, reforzamos involuntariamente una lógica que admite que ocurran nuevos episodios de violencia, participando de una anestesia que los propios protagonistas del sistema no registran como tal. Recuperar ese malestar nuestro, entonces, es imprescindible como punto de partida para producir una perturbación en estos sistemas tan estables y para poner punto final a esta cadena de negaciones que está a nuestro alcance y no al alcance directo de los protagonistas. Ellos no pueden ver lo que niegan.
Siguiendo esta pauta voy a describir cómo se producen y mantienen las negaciones de negaciones, poniendo el acento en los problemas específicos que tenemos en particular los terapeutas, en cuanto al riesgo de participar inadvertidamente de una lógica que acreciente y ayude a sustentar el "no ver que no estamos viendo", entonces, REFORZANDO el sistema violento.

¿Cómo contribuye esto a la NEGACION y a la ANESTESIA?. Sin proponérnoslo, y debido tal vez a lo insoportable del malestar, podemos obstaculizar ese indeseable registro. Si la anestesia es exitosa, aquellos malestares que debiéramos experimentar todos y, especialmente quienes pertenecemos a instancias de consulta, como son la indignación, la rabia y la impotencia, ni siquiera aparecen. En su lugar, hasta puede aparecer un comentario risueño. Un chiste.
Para dar una idea de la eficacia de estos contextos, tomemos en cuenta que en Argentina el tema de la violencia familiar se hizo figura sobre fondo recién cuando el varias veces campeón mundial de boxeo, Carlos Monzón, asesinó a su esposa estrangulándola y arrojándola por un balcón. Hasta entonces parecía que el tema hubiera sido ajeno, propio de locos o pobres (vigencias de los contextos de discriminación social). Y todavía hoy se usa el nombre de quien lo vió y denunció -un humilde "cartonero", recolector clandestino de cartones tirados a la basura- en alusión "chistosa" a los pobres. Con ese truco se desautoriza sutilmente al testigo que denuncia el crimen.
Los agentes sociales que somos llamados a intervenir y que se supone que sabemos qué y cómo "ver" para poder interrumpir el circuito de violencia, también corremos lamentablemente el riesgo de ser "doblemente ciegos", y de dejarnos llevar por estos efectos.
Tal vez nos sirva de muestra describir, el efecto del nombre con el que denominamos el problema. Para hablar de las agresiones en la familia empleamos la expresión "violencia familiar". También hay quienes hablan de "familias violentas", de "sistemas familiares violentos" y también se usa la expresión "circuito de violencia familiar" [5] . Todas estas expresiones remiten a la idea - falsa - de que en esas familias hay varias personas, todas igualmente violentas, agrediéndose unas a otras. Por supuesto que esa imagen provoca alguna indignación. Pero, en la práctica de la "violencia familiar" quien golpea tiene mayor tamaño, mayor fuerza y mayor poder que quien es golpeado. Si tenemos ese registro, ya no se nos aparece la imagen de "varios que pelean", sino que aparece el sufrimiento y el dolor de quien es, en esa interacción, víctima del mal trato. Y si vemos, que ese dolor y ese peligro se repiten, y que eso se produce una y otra vez, esa conciencia nos indigna, y nos promueve una reacción.

El malestar, la disonancia afectiva en sí, no es una sensación grata. Justamente, nos molesta. La palabra "víctima" también nos molesta. Muchos terapeutas familiares sistémicos se resisten a aceptarla, especialmente si la mujer golpeada pelea, discute o insulta. Una mujer con el ojo negro y manchas moradas diseminadas en las piernas y la espalda, no causa gracia ninguna, salvo como humor negro. Molesta. Cuanto más aún si se trata de un niño maltratado. Sus marcas molestan. Y, si NOS molesta, vamos a tender, casi automáticamente, a defendernos y a alejarnos de esa sensación. La víctima lo va a hacer también. Va a tratar de esconder sus marcas y a inhibir su capacidad de ataque. Lo va a hacer para nosotros y para sí misma. Para disminuirnos el malestar.
En este terreno, de la anestesia al malestar, la violencia en la familia cuenta con muchos trucos, que son efectivos en varios niveles y el fenómeno ha sido ocultado por siglos a los ojos sociales.


Anestesias específicas según los diferentes actores sociales

Retomando ahora el esquema del CIRCUITO de la VIOLENCIA FAMILIAR, vamos examinar cuáles son las anestesias propias de cada uno de los actores y cómo es posible que ellos no vean lo que no ven.
Dijimos que en la violencia familiar se producen circuitos repetitivos y que en ellos participan por lo menos tres instancias como actores sociales: una instancia o personaje ABUSADOR, una instancia o personaje abusado y una instancia contextual reforzadora.
Cada uno de ellos sigue una lógica en el pensar, emocionar y actuar que favorece la repetición del circuito abusivo.
Los componentes más habituales de estas lógicas son los siguientes:
La persona ABUSADORA :
- se siente víctima de algo que su mujer o su hijo hace o no hace y siente temor de que ellos se independicen y lo dejen
- sus propias sensaciones son centrales para él/ella
- abre poco espacio de sí para resonar con lo que sienten los otros. No se pone en el lugar del otro.
- siente que debe ejercer un CONTROL sobre los actos de los otros y que, de no ser así, pueden sobrevenir peligros inaceptables.
- supone que puede dar rienda suelta a lo que siente, que no necesita autocontenerse (tema de género en la sexualidad del varón)
- supone que son los demás, especialmente la persona ABUSADA, quien debe CONTENERLO, no que debería responsabilizarse por su propia contención
- supone que se encuentra en una jerarquía superior a la de la persona ABUSADA, a quien, entonces, no necesita respetar
- cree que nadie de afuera debe intervenir en los conflictos familiares

En sus conductas:
- grita, utiliza modos descorteses con la persona ABUSADA,
- da órdenes,
- desprecia y descalifica, humilla
- critica, hace gestos de desagrado
- no pide, exige,
- no agradece,
- no reconoce logros o méritos,
- golpea, amenaza, extorsiona, insulta, maltrata de diferentes maneras o ejerce otras formas de tortura
- empuja, pisotea, ahorca, pellizca, abofetea
- seduce tratando de aliarse con el 3ro contra la víctima.
- viola la integridad física del otro

Todo aquello que piensa y siente, le impide registrar indignacion y vergüenza frente a sus propios actos violentos. No ve que no ve su propia arbitrariedad ni su peligrosidad, ni el daño que causa desde su ABUSO, ni sus propias dependencias y fragilidades.
En cuanto a las construcciones lógicas de la persona ABUSADA, vemos que:
- experimenta baja autoestima
- no conoce sus recursos, ni cree que los tenga
- no cree tener derecho a defenderse
- cree que el ABUSADOR es dueño de algún saber que justifica el trato que recibe, cree que se portó mal.
- cree que hay algo fallado en ella
- cree que falla también en no poder CONTENER al ABUSADOR.
- cree que ella ha provocado al ABUSADOR y que eso explica el castigo.
- cree que el ABUSADOR no es responsable del daño que le inflige, porque a su vez es o ha sido víctima de otros.
- cree que el ABUSADOR es una AUTORIDAD.
- escucha el discurso del ABUSADOR como VERDAD y habla con sus palabras
- siente vergüenza por lo que le pasa.
- cree que nadie de afuera debe intervenir en los conflictos familiares, que la familia debe arreglar sus propios asuntos
En sus conductas:
* sostiene, apoya y cuida con mucha fuerza y eficacia al ABUSADOR de distintas maneras complejas aunque a veces aparente atacarlo.
Lo que NO VE QUE NO VE es su propio sufrimiento, la injusticia de su propia situación, el peligro que corren su salud y su vida. No ve sus propias capacidades de actuar de modo eficaz ni su derecho a defenderse.
Habitualmente, la persona victimizada cree en los efectos positivos del AMOR incondicional sobre el amado. "Alguna vez, con amor, va a lograr cambiarlo".
Cree
- en la generación espontánea de reciprocidad en el trato. "Si yo lo trato bien, lo atiendo, él tiene que darse cuenta y cambiar".
- que es mejor tolerar y aplacar que defenderse, que si muestra algo de su fuerza o su poder puede "provocar" más al marido y agravar la violencia. "Si lo enfrento se pone peor".
- que ella es quien tiene que aliviar el malestar de él. "Como yo estaba cansada, no lo acompañé y ahí él se sintió muy solo".
- que ella NO tiene ningún poder para cambiar las cosas.

Las desigualdades de género como contexto favorecedor de la violencia familiar

En el caso en que las personas abusadas sean mujeres, es habitual que su "no ver que no ven" esté relacionado con los mandatos de género que ellas han recibido a lo largo de su permanente proceso de socialización, y que les configuran y refuerzan estas creencias. Ellas aprenden a estar pendientes de las necesidades de los otros y de las opiniones de los otros, incluso cuando se refieren a ellas mismas, de forma tal que se acostumbran a desestimar tanto el registro de sus necesidades como también sus propias opiniones. Así mismo aprenden a registrar y a hacerse cargo de las fragilidades e indefensiones humanas en general, sólo que, mucho más de las de los demás que de las suyas propias. Concebidas culturalmente según la ecuación MUJER=MADRE, se las adiestra en el papel de madres universales, también se sienten madres del marido, a quien van a tender a comprender y defender más que a sí mismas, aún y especialmente, en el caso en que él las golpee. Y ellas se van a conectar automáticamente con las necesidades de él, no con las propias.
El entrenamiento social de las mujeres es complementario al de los varones. En nuestra cultura, el varón generalmente se entrena para llegar a ser el "jefe" de la familia, competir con otros varones a quienes puede considerar sus iguales, registrarse a sí mismo en posiciones centrales y de jerarquía superior en relación a las mujeres, “ser el que sabe”, “el que puede” y “el que decide” en su grupo familiar.
Esta diferente preparación de las mujeres y los hombres explica la constitución del terreno en el que las mujeres golpeadas construyen una "realidad" en la que "no ven" que el trato que reciben no es de AMOR, ni de reciprocidad en los cuidados. Alimentan la esperanza de que cada violencia sea la última, tal como el marido les promete. Le "creen" y confían en sus promesas, aunque él las defraude una y otra vez. Hasta vemos que, cuando ellas toman contacto con una emoción de sí mismas, ésta no es el enojo ni el odio, sino que, frecuentemente, es la vergüenza. Paradojalmente, ellas asumen protectoramente la vergüenza en lugar de él. Ellas "sienten" la vergüenza que él debería sentir. Es decir, que son ellas las que se sienten avergonzadas en lugar de él, ecuación que popularmente se conoce como "verguenza ajena". Este MALESTAR no la ayuda. En la medida en que ella experimenta vergüenza en lugar de él, éste malestar tiene efecto nulo en el sistema. De allí podemos suponer que, si un miembro del sistema familiar siente el malestar que debería sentir otro, este fenómeno es parte de los efectos o trucos de los que hablamos. Los operadores deben estar alertas para intervenir "corrigiendo" esas depositaciones emocionales tramposas.
También la preparación social diferenciada por género permite entender que el golpeador, a su vez, no "vea" que ella sufre, ni que está lastimada. El puede no parar [6] de golpear hasta que termina de descargar su contrariedad. Construye la "realidad" desde su propia necesidad y centralidad, sin registrar vergüenza u otro malestar, en la medida en que se explica a sí mismo su conducta como justificada por alguna causa, y nadie lo confronta con su creencia.
Cuando el golpeado es un niño, éste puede no registrar que los otros niños no son castigados, que los otros niños pueden jugar, llorar, hacer cosas que a veces imprevistamente molestan a los adultos, pero que a esos no por eso les pegan, ni tienen derecho a lastimarlos. Los niños maltratados pueden no ver que no experimentan demasiado dolor, ni vergüenza ni desesperación porque su "realidad" quedó construida en una secuencia solo compuesta de "actos propios censurables" y "castigos correspondientes". Pueden inclusive no registrarse a sí mismos como "niños", si no imaginarse más grande que su madre o padre golpeador, y sentirse quien tiene, por lo tanto, que comprender las "debilidades" de ellos. Esto explica muchas veces el silencio de los niños que no delatan a sus padres golpeadores o incestuosos.

Entre las ideas que propone el contexto discriminatorio en relación al género, debemos destacar supuestos sobre la sexualidad masculina que juega un papel muy importante en el sostenimiento de las acciones de abuso sexual. Existen, desde el sexismo, discursos acerca de la sexualidad masculina y que Wendy Hollway [7] identifica como los tres discursos que muestran la construcción social dominante en la cultura occidental que son: a) “el discurso del impulso sexual masculino”, b) el discurso de “tener/ sostener” y c) el discurso permisivo, citados por Leslie Miles en un trabajo relacionado con el SIDA y las mujeres en riesgo por sostener esos discursos [8]. Para estos discursos la sexualidad queda como un impulso biológico no mediatizado. Según el discurso del impulso sexual masculino, un hecho central de la masculinidad es el deseo/necesidad de sexo, esos impulsos sexuales son básicamente animales y difíciles de controlar. “Una vez desencadenada la excitación y la erección, el varón no puede detener su impulso y debe consumar el acto sexual”. “Las mujeres o quienes generen la excitación son responsables y quienes deben cuidar que no se desencadene el proceso incontrolable”. Este discurso está en el trasfondo de algunas leyes sobre violación y sobre matrimonio e incluye la idea de que el hombre tiene derechos sexuales sobre “los suyos”. También se le asocia la idea de que la sexualidad queda ligada a la penetración, evidenciada como deseo/necesidad típicamente masculina.
Según este discurso, se acepta para el varón una sexualidad egocéntrica, que puede prescindir de los sentimientos o el placer del partenaire, más relacionada con rendimiento y cantidad que con calidad. De ahí se deriva la idea de un sujeto deseante masculino, y los “objetos” (mujeres, varones, niños/as) con quienes él se satisface.
No es difícil imaginar cómo este discurso difundido y sostenido como construcción social de la masculinidad, autoriza el abuso sexual de niños, situación en la que el hombre que abusa puede sentir que él no es responsable de su impulso, no puede controlarlo una vez desencadenado y, por último, quien debería haberlo frenado sería el niño/a víctima.

La importancia de los operadores

Veamos ahora qué ocurre con la instancia contextual, es decir con los abogados, médicos, terapeutas, vecinos, maestros, etc. Quienes pertenecemos a esa tercera instancia, la observadora, que incluye todo tipo de agentes de salud y de control social debemos ser concientes de cuáles contextos favorecemos. Es muy importante que nosotros SI "veamos" aquello que se nos presenta habitualmente entre velos invisibilizadores.
Así y todo me pregunto, ¿cómo hacemos nosotros para recuperar esa disonancia de la que hablábamos, la sensación de molestia, el malestar, llave que nos permitirá abrir otras alternativas para estas personas?. Esta pregunta es especialmente relevante en el caso de los terapeutas en general y de los terapeutas familiares en especial, muchas veces llamados a intervenir frente a estos problemas. A veces la mirada de un observador ingenuo puede estar más cerca del dolor y de la indignación, y ser entonces capaz de dar lugar a un cambio, que la mirada de terapeutas de mucha experiencia pero no entrenados en estudios de género ni en la patología específica de los abusos.
El ejercicio de una mirada cuestionadora y alerta sobre nosotros y nuestra tarea no es fácil. Quiero poner el foco sobre algunas teorías simplistas acerca de los sistemas, así como sobre la fascinación técnica de algunas estrategias, que nos pueden llevar a negar el MALESTAR que se nos produciría si los fenómenos injustos se nos hicieran evidentes.
a- Tendemos a considerar a todos los sujetos miembros de una misma familia como iguales jerárquicamente. Sería así si todos tuvieran el mismo entrenamiento en el ejercicio del poder y el mismo acceso a los recursos sociales y económicos que habilitan para dicho ejercicio.
Es una ventaja el poder darnos cuenta, en muchas situaciones, de que existen cuotas de poder aún de los más débiles, pero resulta un inconveniente si inferimos por esto una igualdad, como es fácil de entender en el caso de los niños pequeños maltratados y golpeados por sus padres, pero ya no tanto si los niños tienen actitudes desafiantes o si se trata de mujeres adultas. Este supuesto de igualdad no nos deja "ver" que, aunque muchas veces los protagonistas víctimas pueden más de lo que creen, ellos no tienen conciencia de su poder, ni se sienten habilitados a ejercerlo, dependiendo esto del contexto sociopolítico. En países donde está francamente penado por ley el lesionar a familiares, y existen entidades accesibles que recogen estas denuncias y operan con eficacia, los niños y las mujeres que sufren malos tratos tienen más conciencia de sus derechos que en Argentina y otros países de Latinoamérica.
b- Algunas veces, aunque no vemos igualdad, construimos una noción que tiene un impacto semejante: la noción de COMPLEMENTARIEDAD porque interpretamos que algunas distribuciones de tareas y emociones se desarrollan a partir de negociaciones y acuerdos. La comprensión muchas veces útil de los fenómenos complementarios no nos deja a veces "ver que no vemos" las diferencias jerárquicas. Consideramos la interacción complementaria como un interjuego entre A y B sin registrar regularidades que nos harían sentir mal, tales como:
-que siempre son las B (femeninas) las que están en el polo complementario inferior, mientras que son las A (masculinas) las que se ubican en el superior. (Muy rara vez atendemos a un varón golpeado sistemáticamente por su mujer, o violado, o denunciando a su mujer como agresora incestuosa de un hijo). No tiene el mismo efecto escuchar que la mujer complementa al varón que escuchar que es el varón quien complementa a la mujer. Entonces, hay diferencias repetidas y constantes.
c- Levantamos la bandera de los valores familiares corriendo el riesgo de idealizar LA FAMILIA sin tener en cuenta las diferencias entre familias que cuidan a sus miembros y familias, en cambio, en las que sus miembros están sufriendo serios perjuicios. Podemos "no ver que no vemos" los peligros de defender la estructura por la estructura misma. Muchas veces, "la familia" con la que sí contamos para que nos ayude a modificar circuitos sintomáticos, está representada, en realidad, por la madre, la abuela, las hermanas, la esposa, ....las mujeres. No todos los hombres de esta cultura asumen fácilmente sus responsabilidades para con sus hijos. Muchos se desentienden. En cambio, damos por sentado que la mujer-madre sí se va a hacer cargo de los hijos. Es importante entonces, en cada caso, evaluar con qué familia contamos y cuáles son las personas de las que podemos esperar ayuda.
Los terapeutas conocemos la importancia del "poder de la debilidad" y también reconocemos el beneficio secundario que conlleva un síntoma o una manifestación de incapacidad. Sabemos también que no sólo las acciones directas y lineales producen un efecto de presión si no que sostenemos la importancia de las retroacciones y las causalidades circulares. Pero estos fenómenos más indirectos llevan su tiempo y demandan otros costos. El fenómeno de la retroacción en las interacciones entre seres humanos no puede ser desligado de la variable temporal. A la larga -con el tiempo- se re-equilibran acciones. Pero, cuando se trata de fenómenos violentos, no podemos olvidar que en el presente, y mientras transcurre el tiempo de la retroacción, se produce un daño a la víctima [9]. Con el tiempo, las víctimas pueden ejercer alguna influencia, pero mientras tanto necesitamos "ver" y enfrentar el malestar que nos produce su sufrimiento.
Si bien es cierto que en contextos de desigualdad de género las mujeres ejercen un tipo indirecto de poder, (les es riesgoso el ejercicio abierto de sus propias capacidades), las acciones violentas no dejan a veces tiempo para que ellas tomen conciencia de su poder, y se defiendan. Además de "no ver que no vemos" el contexto amplio de desigualdad social de género, ni el hecho habitual de que las mujeres, para ser aceptadas en ese contexto, deben mostrarse como poco poderosas, no vemos los efectos de disminución de autoestima y de confianza en la propia inteligencia y capacidad que, a partir de la práctica constante de esa posición, se les instala como una "verdad" acerca de sí mismas.

d- Siempre es más fácil enfrentar a alguién más débil. En las situaciones de violencia familiar, los efectos antiéticos de culpabilizar a la víctima son a veces enmascarados, detrás del éxito para convocar y mantener un diálogo con el ABUSADOR, aunque para ello haya que "no ver" o que silenciar las evidencias del abuso del poder. Esta actitud puede hacer que reforcemos peligrosamente la tendencia de las mismas mujeres denunciantes de dejar de lado su protesta y su denuncia y sacrificar su bienestar personal en bien de conservar la unión de LA familia. Si esa mujer, que se animó a abrir su sistema familiar a otro a quien informa de la situación violenta que padece, se topa con alguien que "no ve que no ve", corre el peligro de que se le refuerce su propia sensación de culpa por atreverse a denunciar a alguien de SU familia, cuando no su propia negación de los daños y los riesgos. Entonces se verá inclinada a seguir aguantando o a seguir negando la intensidad de la violencia, lo que favorece la repetición del ciclo.
Todos podemos, aun la propia víctima, entrar en la complicidad de los abusos y volvernos doblemente ciegos. Y creer que hay que aplacar, silenciar, esconder, minimizar, para no molestar a los actores protagónicos ni a nosotros mismos. Necesitamos nuestra conexión reflexiva con las emociones, que a su vez se ligan con nuestros valores y principios éticos, para hacer lugar a los conocimientos (perspectivas de socialización de género, efectos de las desigualdades jerárquicas en los sistemas autoritarios, técnicas y juegos comunicacionales, etc.) que nos orienten acerca de cómo poner efectivos límites a los eventos nefastos de la "violencia familiar" y los abusos de personas que implica.
El registro de la dimensión del contexto GENERO en el análisis de las formas de socialización que proponen estereotipos para los varones y las mujeres, ayuda a poner en evidencia algunos de los efectos mencionados, y a que, entonces, diferentes agentes sociales (médicos, abogados, jueces, policías, asistentes sociales, etc.) puedan también re-conocer aquellos fenómenos invisibilizadores específicos que pertenecen a sus respectivas profesiones.



Autora: Dra. Cristina Ravazzola

Dorrego 2373 (1425) Buenos Aires, Argentina
Tel/fax: 54 11 4 785-2305,
E-mail:
ravazzolacristina@yahoo.com
[1] En “Visión y Conocimiento: disfunciones de segundo orden”, Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad comp. por Schnitman D., Paidos, 1994.

[2] Recordemos que las Ideas son una categoría importante de las descriptas en el esquema del ABUSO.
[3] estudios citados por Carlos Sluzki en su presentación: "Orientación terapéutica para víctimas de la violencia política" en las Jornadas "Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad". INTERFAS. Buenos Aires, octubre de 1992, publicado como "Violencia familiar y violencia política. Implicaciones terapéuticas de un modelo general", en Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad comp. por Schnitman D., Paidos, 1994.
[4] En el esquema del ABUSO se describen tanto las instancias protagónicas como las referidas al contexto.
[5] Ravazzola M.C. Workshop presentado en las Jornadas de Violencia Familiar organizadas por el Postgrado interdisciplinario en Violencia Familiar, Facultad de Psicología, U.B.A. diciembre de 1990.
[6] Obviamente, en el caso de la violencia conyugal, la proporción de maridos golpeadores es tan alta que no es ni siquiera comparable en cifras con la de las mujeres. Las cifras cambian, y tienden a equipararse, cuando se trata de golpear a niños. Vuelven a ser abrumadoras a favor de los varones cuando se trata de abusos sexuales, sobre adultas y sobre niños. Allí los victimarios son, otra vez, mayoritariamente masculinos.
[7] Hollway, Wendy, “Gender difference and the production of subjectivity.” Changing the subject: Psychology, social regulation and subjectivity. London: Methuen. 1984.
[8] Leslie Miles, “Women, AIDS and Power in heterosexual sex: a discourse analysis”. In M. Gergen and S. Davis Eds. Toward a New Psychology of Gender. A reader. New York and London: Routledge. 1997
[9] Simon F. E. y Schmidt G., "La falta de poder del pensamiento circular", Rev. Sistemas Familiares. año 1 nº 2.Buenos Aires, Dic 85.

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